Naxos

Elsa Cross: Naxos Regresar

Naxos

Diez años antes de que en 1964 apareciera Naxos, el primer libro de poemas de Elsa Cross, Octavio Paz precisaba que el poema “no es sino ritmo, marea que va y viene.” En este sentido Naxos forma parte de un sistema de mareas con los que Elsa ha producido miríadas de cantos profanos y sagrados. En Naxos Elsa sella, como si dibujara un mudra, la alianza espiritual que la llevará a cumplir con una vida ofrecida a la poesía. Es interesante recordar que Teseo, rey mítico de Atenas, una vez que acaba con el Minotauro, abandona Naxos para consumar una tarea de carácter civil; a diferencia de Ariadna, quien luego de allanar el paso del héroe por el laberinto, cumple con su destino sagrado. Naxos es una balada analógica a la elaboración del duelo de Ariadna y su consiguiente comunión con Dionisos. Veinte años más tarde Elsa escribe Bacantes, poema cuyo tema es el carnaval donde algunos personajes experimentan fenómenos paranormales en busca de éxtasis y trascendencia. Sensual y divertido, Bacantesnos ofrece algunas claves que nos permiten descubrir su génesis mexicano.

Tomado del texto:Antonio Valle, "Elsa Cross: el mapa del amor y sus senderos"
La Jornada Semanal, suplemento de La Jornada, Num: 958, domingo 14 de julio de 2013


Cross, Elsa, Naxos, Ollin. Revista de Cultura, México, 1966, 16 páginas.


NAXOS

                                                                                        le entregó un hilo que él ató
                                                                                        a la entrada del laberinto...
                                                                                        OVIDIO, Metamorfosis, 8.2


Partes imperceptible y mudo. Como furtiva ráfaga rompes la claridad
incierta en mi día.
             Teseo súbito, veo que te disuelves detrás del laberinto
en que me dejas.
             Me has dado la sed, el viento y la arena que se escapa entre mis dedos:
testimonios de tu estar intenso y repentino.
             Yo me pierdo otra vez, me confundo en los últimos resquicios del peñasco,
intocados y oscuros, reducidos a su oquedad irremisible.
Percibo en mis espaldas la grave reiteración del mar en sombras, la ausencia de gaviotas.
Y te aguardo callada, frente al desierto incesante, temblando como un desdibujado contorno de espejismos.