Bacantes

Elsa Cross: Bacantes Regresar

"Frente al absurdo y la desconexión del hombre con su entorno, la única salida es la evocación: Elsa Cross (1946) plantea en Bacantes (1982) una suerte de nostalgia ante los paraísos artificiales de Oriente, mezclado en la búsqueda de una nueva espiritualidad, que, en cierto modo recuerda el camino de Gaita paciano (III, 11), si bien es más claro el sentido iniciático en Canto Malabar, 1987:

Las mujeres te esperaban como un advenimiento,
y llegaste con marihuana en los bolsillos,
el cabello en desorden."

Fragmento tomado de: Ma. del Rocío Oviedo y Pérez de Tudela, "Narciso en la laguna: nueva poesía mexicana", Cuadernos Hispanoamericanos, Nº 549-550, marzo-abril 1996.


Ediciones

Cross, Elsa,  Bacantes, Artífice Ediciones, México, 1982, 36 páginas.
Cross, Elsa,  Bacantes, Edición Bilingüe, México/San Antonio, Tx., 2003, 36 páginas.
Cross, Elsa,  Bacantes, B. Universidad Autónoma de Puebla, México, 2010, 36 páginas.


Cohen, Sandro, "Bacantes de Elsa Cross: El viaje y el punto de partida", Vuelta No. 185 y en La cultura al día, suplemento cultural de Excélsior, México, D.F., sábado 26 de enero de 1985.

Campos, Marco Antonio, "Elsa Cross y Nedda G. de Anhaldt", Proceso No. 406, 13 de agosto de 1984.

Espinasa, José María, "Poesía, paisaje y sensualidad", El Semanario Cultural de Novedades, México, 15 de junio de 1984.


De Bacantes 

I

En la fuente nos hemos sumergido.
A su corriente dejamos nuestros cuerpos
como bancos errantes,
tierra que se desprende
llevándose la orilla de espadañas.
Fluimos por sus transparencias
y en el fondo de ese lecho
nuestras piernas rozaban un musgo suave.
Plantas se enredaban a los pies.
Sentíamos el paso de esos peces
que a un descuido, decían,
se pegaban entre los muslos de las mujeres.
Y todo el tiempo una frase en los oídos
pulsando al límite sus cadencias más altas.
Río abajo veíamos las ramas contra el cielo.
El sol dibujaba en nuestros cuerpos
la sombra de las hojas.
La brisa traía tu olor.
Pasamos bajo un sauce
y sus ramas detenían de los cabellos
todo ese impulso río abajo.

II

Rodeados de los cerros como murallas
los hombres jugaban en las terrazas.
Ruido de carreras sobre el pasto.
Un azul morado en el aire cuando el sol se metía.
Los pájaros iban callando.
Los murciélagos alzaban su vuelo errático.
Los hombres corrían tras los tantos del juego,
sus gritos reverberaban entre los cerros.
Ovación.
Te levantaban en hombros,
te llevaban cuesta abajo a celebrar.
A cada salida de ese pueblo, un templo.
Las siete puertas resguardadas por los arcángeles, decían.
Y el nuestro en suerte se embriagaba en los portales,
hablando del cielo y del infierno
como de sitios separados por dos pulgadas
dentro del cuerpo.

VIII

Tu cara raspaba.
Bajo los toldos del mercado
un brillo verde sobre tu frente.
Tus ojos, salidos de qué lumbre,
de qué parajes hoscos,
veían sin ver los platos de comida.
Un brillo verde,
como ya reflejando los árboles,
ya viendo el campo afuera
donde esperabas hallarte cierta planta.
Buscamos entre piedra volcánica
para encontrar flores moradas creciendo de la roca,
cactos de formas finas.
Todo el campo de tezontle.
Mal caminábamos
y la tarde también se ennegrecía.
Pasamos la noche debajo de un manzano.
Buscamos en el monte, sin brechas.
Volvíamos rasguñados.
Buscamos sin hallar,
en ruinas de pirámides donde caías dormido,
devorador de hongos,
devorador de iguanas.
Me enredaban en tu sueño,
me hacías reptar.
Mi lengua se alargaba puntiaguda
a devorar hormigas que te andaban por el cuello.
Y tu sudor olía a aguamiel.